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Cincuenta años de Rayuela

Esta semana se cumplen cincuenta años de la publicación de Rayuela, de Julio Cortázar, uno de mis escritores favoritos como sabéis los que seguís este cuaderno.

Tengo casi toda su obra, incluida una pequeña joya como es el número que la revista cubana Casa de las Américas le dedicó íntegramente en 1985 y que compré en la última feria del libro en la que estuve en Caracas.

Mi edición de Rayuela es la de Cátedra, anotada por Andrés Amorós, y me acompaña desde hace veinte años. Está marcada, subrayada, leída y releída y, a pesar de ello, a veces vuelvo a abrirla alguna noche y salto sobre los cuadros de la rayuela de sus capítulos asombrándome ante la magia de la Maga como si fuera la primera vez. Y es que Cortázar es capaz de convocar cada vez, como si fuera la primera, al niño que llevamos dentro. Aquél que, como él, se asoma al mundo con los ojos asombrados de la inocencia para descubrir lo bueno y lo malo, lo feo y lo bonito, el amor y el terror y tiene que vivir con ello a partir de entonces, gestionándolo como buenamente puede, porque ante la vida y ante Cortázar uno no puede permanecer nunca ni impermeable ni indiferente.

Qué mejor homenaje que fundir, en el vaso del tango electrónico de Gotam Project, la voz del propio Cortázar describiendo el encuentro de las bocas de los amantes en un beso con unas gotitas de Vuelvo al Sur, del maestro Piazzola.

 

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