La otra economía » 2014 » March

Notas archivadas en ''

Entrevistas en Onda Local de Andalucía

En esta ocasión os dejo las dos últimas entrevistas que me realizaron los amigos de la Onda Local de Andalucía.

La primera es sobre la futura creación del Instituto Público de Crédito Andaluz y podéis oírla pinchando aquí.

La segunda es sobre el incremento de las desigualdades sociales y ésta la podéis oír pinchando aquí.

España en el euro: crónica de una muerte anunciada

Este es el video editado del encuentro “Euro, mercato y democrazia” de a/simmetrie en Pescara de octubre del año pasado y cuya asistencia anuncié en su momento en este cuaderno.

Le agradezco mucho a Alberto Bagnai y al equipo de a/simmetrie el que se tomaran el trabajo de editar el video introduciendo las diapositivas de la presentación que realicé y solo espero que pueda ser de utilidad para enfrentar la terrible situación en la que nos encontramos.

El resto de intervenciones de los asistentes podéis encontrarlas aquí.

 


Protesta contra el Campus McDonald’s en Valencia

Acabo de recibir este video de una protesta estudiantil contra el Campus McDonald’s –sí, has leído bien, el Campus McDonald’s -en la Universidad Politécnica del País Valenciano.

Hay que ser cínico para vincular las palabras de Martin Luther King con el concepto de “empleabilidad”, eufemismo neoliberal utilizado para culpabilizar a cada trabajador de su situación laboral atribuyéndole la responsabilidad que le corresponde, más bien, a un sistema económico que no es capaz de generar empleos para todas y todos. A través del uso de ese concepto pretenden hacernos olvidar que hubo un tiempo en el que todo el sistema económico se puso al servicio de la consecución del pleno empleo y éste prácticamente se alcanzó; pretenden hacernos creer que encontrar un puesto de trabajo está en nuestra mano, al alcance de cualquiera, y el que no lo consigue es porque no completó su formación o no eligió la adecuada; pretenden que asumamos, una vez más, unas responsabilidades que no nos corresponden, difundiendo una ética de la culpa que convierte al desempleado en un fracasado social, quedando nuestros gobernantes eximidos de su obligación de buscar el máximo bienestar para todos, algo que en nuestras sociedades contemporáneas debe pasar, necesariamente, por la integración en el mundo del  trabajo digno.

Hay que ser inmune al sufrimiento social para ir a ofrecerles a los jóvenes que tienen la tasa de desempleo más alta de toda la Unión Europea (a pesar de que su nivel de cualificación es el más elevado que ha tenido la historia de este país) que su futuro laboral puede estar vinculado a una empresa como McDonald’s, paradigma de trabajo precario, de comida insalubre y empresa abanderada de la dimensión alimentaria del imperialismo norteamericano, capaz de arrasar las formas tradicionales de producción de alimentos y de alimentación de comunidades, regiones y países completos.

Hay que haber olvidado, si alguna vez se supo, cuál debe ser el sentido de una universidad pública y qué tipo de ciudadanos debemos contribuir a formar en ella: ciudadanos críticos, educados en el respeto y tolerancia pero que sepan anteponer y hacer anteponer la dignidad a los intereses de los mercaderes; que cantar las verdades del barquero a quienes quieren convertir la universidad pública en campus de adoctrinamiento en la ideología dominante y de reclutamiento de mano de obra servil y reproductora, en su servilismo, de los intereses de la clase dominante.

Ese tipo de estudiantes son, en definitiva, los que protagonizan esta protesta frente al Campus McDonald’s. Todo mi respeto hacia ellas y ellos; necesitaríamos muchos así en nuestras aulas.

 

Odio el último día

El último día de cada viaje a La Paz es un día odioso. Es un día de carreras y agobios. Hay que hacer todo lo que no se hizo o no se pudo hacer antes: corretear arriba y abajo buscando algunos detalles para llevar de vuelta a casa; ir a comprar vino y chocolate, mis caprichos preferidos; hay que llamar a los amigos a los que no pude ver, a pesar de que les llamé para avisarles de que había llegado y que me gustaría verlos, para explicarles que me resultó imposible y que quedamos convocados para la próxima visita; hay que despedirse de aquellos que me acompañan en el día y a día y superar el pellizco que uno siente cuando le dicen que estuvo muy poco tiempo y que tiene que volver pronto. En fin, que odio el último día, sus correteos  y sus pesadumbres.

Para sobrellevarlo y no dejar que las premuras sean las que marquen el final de unas estancias que siempre disfruto, suelo reservarme algunos pequeños placeres, que consumen poco tiempo pero que compensan de alguna forma de esos ajetreos: atravesar caminando el bullicio del Prado; saborear un jugo de mandarina en la Plaza del Estudiante; comprar una bolsa de palomitas de dos pesitos junto a la plaza de la UMSA y comerlas calle Arce abajo; acudir a mi “dealer” de películas piratas para que me surta hasta la siguiente visita de buen cine latinoamericano y europeo (le gusta afirmar con orgullo que apenas tiene nada de cine enlatado estadounidense y, si algo tiene, siempre selecto y exclusivo); y, si aún puedo sacar un rato, terminar la tarde tomando una caipirinha y picando algo en La Guinguette, mi resto bar favorito de Sopocachi.

Ayer me dio tiempo a hacer todo eso y, además, a ver caer el sol sobre las nieves del Illimani mientras pensaba en el retorno a mi realidad cotidiana y en el asco que volveré a sentir cada día cuando el gobierno de nuestro país nos mee la cara mientras trata de convencernos de que es lluvia para los brotes verdes; cuando nos mienta instalado en su realidad virtual, ese mátrix azul sólo apto para gaviotas carroñeras alejadas de los valores que trataba de transmitirnos aquel Juan Salvador que nos hacían leer en la escuela; cuando sienta que aún tengo la suerte de que mis viajes sean de ida y vuelta mientras que muchos de mis compatriotas se ven obligados a comprar tan sólo un billete de ida, empujados a la “aventura” y las “oportunidades” de la emigración.

Así que odio el último día en Bolivia pero más odio a quienes convierten el primero en España en un retorno al estercolero.

Alberto Montero