La otra economía » 2013 » August

Notas archivadas en ''

“Diálogos imaginados sobre la lucha de clases. Selección de citas de la izquierda irredenta”

A través de Twitter me acabo de enterar que los compañeros del colectivo La Cebolla me han incluido en el libro “Diálogos imaginados sobre la lucha de clases. Selección de citas de la izquierda irredenta”.

Como podéis imaginar, para mí es todo un honor que me consideren parte de esa izquierda irredenta y que hayan utilizado cuatro extractos de textos míos para responder a algunas de las preguntas que se hacen en ese diálogo.

Os animo a descargaros el libro en la página web de La Cebolla en donde podréis encontrarlo en diferentes formatos. Para ello podéis pinchar aquí.

De La Paz a El Calvario

Esta semana, aprovechando que ahora reside en Santiago de Chile, me ha visitado mi amigo bejarano Luís Martín Cabrera. Era su primer paso por este país pero estoy seguro de que no será el último. Como comentábamos tomando cervezas en una de estas noches, Bolivia es un destino de ida; una vez que la conoces es difícil resistirse a su magnetismo, capaz de atraerte por muy alejado que te encuentres de ella.

El domingo pasado nos escapamos al Titicaca. Casi cuatro horas en minibús le dieron para apreciar la dureza de la vida en el Altiplano. Disfrutamos del camino, comimos ispis con papa y mote mientras esperábamos para cruzar en Tiquina y llegamos a una Copacabana tomada por filas de coches y camionetas que esperaban para ser challados frente a la entrada de la iglesia.

Nos recompusimos con una deliciosa trucha del lago (muy recomendable la del restaurante del Hotel Estelar) y mientras paseábamos por la playa y deambulábamos por la ciudad, valorando si podríamos o no subir al Calvario, nos encontramos, sin darnos cuenta, resollando subiendo de estación de penitencia en estación de penitencia camino de la cima: gajes del oficio de pecador profesional.

Yo ya había subido antes pero nunca en agosto, mes de la Virgen de Copacabana. El esfuerzo mereció la pena, no sólo porque ya estoy purificado para varios años, sino porque la cima era un auténtico festival de sincretismo. El espacio estaba tomado por decenas de amautas que hacían sonar sus campanillas ofreciéndose para challar todo lo challable: familias, estudiantes, parejas de novios, representaciones de autos, de casas, de animales, de dinero, de ajuares de boda… Nunca había visto pasar un quirquincho sobre la cabeza de un niño para protegerlo frente a los malos espíritus, aunque sí había oído y visto challar a los amautas invocando a la Pachamama mientras rezan padrenuestros y avemarías, pasando del aymara o el quechua al castellano sin solución de continuidad, regando la tierra con cerveza mientras explota y se expande el olor a pólvora de alguna traca de petardos mezclado con el del humo de las maderas aromáticas cuyas brasas transportan de un lado a otro en pequeños infiernillos.

En esos momentos uno se da cuenta de lo poco que sabe de estos pueblos, de sus formas de relacionamiento, de los mecanismos de subsistencia comunitaria, de la solidaridad y la reciprocidad con la que nutren sus modos de convivencia, de los vínculos que establecen entre lo real y lo espiritual, de su vida interior y de su vida en común. No sólo se les ha explotado y colonizado, también se han ignorado y despreciado sus formas de vida, ignorando que las mismas les han permitido subsistir desde tiempos ancestrales en armonía con la naturaleza y resistiendo a los embates de quienes querían destruir su identidad. Es mucho lo que podríamos haber aprendido de ellos para estos tiempos grises que tenemos sobre nosotros pero la soberbia siempre ha cegado los ojos y el entendimiento de los colonizadores.

Y, mientras, los días pasan y las jornadas de diez y doce horas se acumulan aunque, al terminar, siempre hay tiempo para descubrir nuevos lugares donde tomar una cerveza o picar algo: La Chopería, el Café Cultural Etno o el patio central del Hotel Torino, todos ellos en los alrededores del Palacio Quemado, son algunos de los nuevos hallazgos. Sigo contento.

El Marxismo frente a la crisis del sistema y la revolución neoliberal, entrevista a Carlos Fernández Liria

En esta entrevista, mi amigo Carlos Fernández Liria creo que expone con claridad meridiana una serie de argumentos que sitúan al alcance de cualquiera las claves del proceso de involución social que estamos padeciendo. La claridad de su exposición no merma en lo más mínimo la profundidad de su pensamiento. Da gusto escuchar a gente así.

 


El Marxismo frente a la crisis del sistema y la… por attactv

Reflexiones de fin de curso y texto de Fernando Wulff

Ya ha concluido definitivamente el curso académico y toca el momento de hacer balance del mismo y pensar en el siguiente con las enseñanzas extraídas de éste.

Mis sensaciones este año han sido, sobre todo, de una profunda tristeza que daba paso, sin solución de continuidad, a la indignación.

Vaya por delante que creo, sinceramente, que el problema solo puede atribuirse en una ínfima parte a los alumnos y que la mayor parte de la responsabilidad la tiene la comunidad educativa por haber permitido este experimento con generaciones de jóvenes a las que se les está educando para ser, en su mayoría, completos analfabetos funcionales, incapaces de entender y analizar críticamente la realidad que les circunda y actuar frente a la misma (siempre con las honrosas excepciones que conviene resaltar).

Recuerdo ahora, por ejemplo, sus reacciones ante mis funestos augurios acerca de su futuro, que tampoco es tan lejano ni hay que realizar un ejercicio de proyección mental diabólico porque es, a su vez, el presente de los miles de jóvenes españoles que sufren una tasa de desempleo que supera el 50% y unos niveles de subempleo que avergonzarían a cualquier sociedad mínimamente madura. Ante mis alertas para que entendieran que era necesario comenzar cuanto antes a pelear por un futuro digno porque, si no, estaban condenados a ser carne de emigración y/o explotación, su actitud era de absoluto pasotismo, en el mejor de los casos, cuando no de abierto rechazo porque creían que era mi naturaleza, entre sádica y pesimista, la que pretendía aguarles la fiesta de una adolescencia que esperan prolongar sine die.

Además, es curioso que, por ejemplo, el sistema trate de formarlos en el autoaprendizaje (¿que ya me explicará alguien en qué consiste eso?) o la adquisición de competencias y ellos lo que prefieran sea a profesores que llegan a clase, dictan sus apuntes (al mejor estilo conventual), se lo dan todo clarito y no les complican demasiado la vida.

Así, sin darse cuenta, se van entrenando en el insano hábito de agachar la cabeza ante el poder (cualquiera que sea la expresión que adopte éste) y evitan el debate, la interacción, la discusión, la dialéctica, incluso el conflicto si fuera necesario. Sumisos con conocimientos inútiles agolpados a la espera de que la vida les brinde lo que creen que les corresponde por derecho, en lugar de estar volcados en la defensa de todo aquello que se conquistó con el esfuerzo y las luchas de nuestros padres.

Y si me voy a los resultados de su evaluación la sensación ya se vuelve desoladora. Nunca antes había tenido unos niveles de suspenso tan elevados ni el sentimiento de que había sido incapaz de dejar el más mínimo poso en la mayor parte de ellos; nunca antes había tenido que luchar tanto por su atención o enfadarme por el respeto de normas de educación básicas como, por ejemplo, que a clase no se viene a chatear con los móviles. En fin, nunca antes me había tenido que enfrentar tan abiertamente con los resultados de las reformas educativas que han expulsado el sentido del trabajo y del esfuerzo de la educación.

Y es que mi interpretación de estos hechos es muy simple: primero se cargaron la educación primaria y, cuando esos alumnos llegaron a la secundaria, hubo que proceder a reformarla porque eran incapaces de mantener el nivel exigido hasta entonces. Y ahora, cuando ya comienzan a llegar a la Universidad, hay que reformar toda la lógica de funcionamiento de una institución centenaria para evitar que se produzca su colapso definitivo. Eso es, ni más ni menos, Bolonia, junto a la ofensiva de los grandes poderes económicos para convertir la educación de ciudadanos en la formación de capital humano, al tiempo que se avanza en su privatización silenciosa y se abren nuevos espacios de negocio para la rentabilización del capital.

Todo lo anterior me sirve, además, para justificar que llevo tiempo queriendo difundir este texto (publicado originalmente en El Observador) de un compañero de la Universidad de Málaga, Fernando Wulff, con el que no puedo estar más de acuerdo, como en su momento le hice saber personalmente. Con él os dejo, animándoos a su lectura. Son las verdades del barquero de la educación universitaria de nuestros días.

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Amanecer en La Paz

Esta mañana he amanecido en La Paz. Después de 28 horas de viaje -que se dicen pronto- llegaba a El Alto a las seis de la mañana y veía amanecer sobre esta ciudad desparramada, con el Illimani aún en sombras.

Con el amanecer aparecían al borde del camino las caseritas esperando al transporte, todas ellas con bombonas de gas a sus pies dispuestas para dirigirse a sus puestos en el que pasarán el día, cocinando y vendiendo raciones de comida a los transeúntes. A la hora del almuerzo la gente se arremolina en torno a estos puestos en los que se venden sopas de una consistencia que permiten que la cuchara se mantenga en pie, aromáticas, cargadas de pollo y verduras, que alimentan con solo olerlas, o guisos de apariencia menos apetitosa pero igualmente aromáticos y demandados.

Lo cierto es que nunca había pensado en cómo estas mujeres, porque son todas mujeres, hacían para cocinar y ganarse la vida cada día. Pensaba, ingenuo de mí, que cerraban su puesto por la noche, empaquetaban como buenamente podían sus humildes cacharros de cocina y los guardaban en algún lugar cercano a su puesto. Y no es así. Cada día, todos y cada uno de los días de su vida, estas mujeres bajan con su bombona de gas y sus aperos a cuesta desde las laderas de La Paz o de El Alto hasta sus puestos de venta de comida y cada noche retornan con sus bombonas vacías y algunas monedas en sus bolsillos, las justas para poder seguir tirando.

Todo eso descubría en el amanecer de La Paz mientras descendía en taxi hacia Sopocachi soñando con una cama en la que desparramarme yo también. Por delante quedan un mes de intenso trabajo y las sensaciones que me transmite esta ciudad que, en mi caso, hacen honor a su nombre. Estoy contento.

Las recetas del FMI para España, entrevista en Russia Today

Creo que se puede decir más alto pero no más claro. Lástima que han cortado la parte en la que llamaba mentiroso patológico y compulsivo a nuestro presidente del gobierno después de que me preguntarán que cómo era posible que él acabara de decir el día antes que estábamos a punto de salir de la crisis y el Fondo dijera hoy justo lo contrario.

 

El error está en nuestras cabezas

En otra lectura veraniega encuentro un texto que me hace reflexionar acerca de la rigidez con la que nos enfrentamos a la realidad y las posibilidades que aparecerían ante nosotros para la resolución de muchos problemas si nos atreviéramos a pensar sobre ellos con una mirada no contaminada por el saber convencional y ortodoxo.

En esta ocasión se trata de un intercambio epistolar entre dos autores cuyos libros leo desde hace años: Coetzee y Auster. El primero, al menos para mí, mucho más sugerente, interesante y profundo que el segundo (si podéis, no dejéis de leer “Desgracia”, una auténtica obra maestra contemporánea sobre el apartheid en Sudáfrica). Por eso, mientras que las novelas de Coetzee son siempre lecturas de tardes y noches de invierno, las de Auster las reservo para los días de playa del verano. En cualquier caso, el libro “Aquí y ahora. Cartas 2008-2011” es una agradable lectura para estos días y, como las ostras, esconde en algunas de sus páginas pequeñas perlas para el intelecto.

La carta que me interesó se la escribe Coetzee a Auster y versa sobre la crisis financiera, sus implicaciones y la necesidad de ajustar la economía al sentido común. Espero que os resulte tan sugerente como a mí.

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Alberto Montero