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Odio el último día

El último día de cada viaje a La Paz es un día odioso. Es un día de carreras y agobios. Hay que hacer todo lo que no se hizo o no se pudo hacer antes: corretear arriba y abajo buscando algunos detalles para llevar de vuelta a casa; ir a comprar vino y chocolate, mis caprichos preferidos; hay que llamar a los amigos a los que no pude ver, a pesar de que les llamé para avisarles de que había llegado y que me gustaría verlos, para explicarles que me resultó imposible y que quedamos convocados para la próxima visita; hay que despedirse de aquellos que me acompañan en el día y a día y superar el pellizco que uno siente cuando le dicen que estuvo muy poco tiempo y que tiene que volver pronto. En fin, que odio el último día, sus correteos y sus pesadumbres.

Para sobrellevarlo y no dejar que las premuras sean las que marquen el final de unas estancias que siempre disfruto, suelo reservarme algunos pequeños placeres, que consumen poco tiempo pero que compensan de alguna forma de esos ajetreos: atravesar caminando el bullicio del Prado; saborear un jugo de mandarina en la Plaza del Estudiante; comprar una bolsa de palomitas de dos pesitos junto a la plaza de la UMSA y comerlas calle Arce abajo; acudir a mi €œdealer€ de películas piratas para que me surta hasta la siguiente visita de buen cine latinoamericano y europeo (le gusta afirmar con orgullo que apenas tiene nada de cine enlatado estadounidense y, si algo tiene, siempre selecto y exclusivo); y, si aún puedo sacar un rato, terminar la tarde tomando una caipirinha y picando algo en La Guinguette, mi resto bar favorito de Sopocachi.

Ayer me dio tiempo a hacer todo eso y, además, a ver caer el sol sobre las nieves del Illimani mientras pensaba en el retorno a mi realidad cotidiana y en el asco que volveré a sentir cada día cuando el gobierno de nuestro país nos mee la cara mientras trata de convencernos de que es lluvia para los brotes verdes; cuando nos mienta instalado en su realidad virtual, ese mátrix azul sólo apto para gaviotas carroñeras alejadas de los valores que trataba de transmitirnos aquel Juan Salvador que nos hacían leer en la escuela; cuando sienta que aún tengo la suerte de que mis viajes sean de ida y vuelta mientras que muchos de mis compatriotas se ven obligados a comprar tan sólo un billete de ida, empujados a la aventura y las oportunidades de la emigración.

Así que odio el último día en Bolivia pero más odio a quienes convierten el primero en España en un retorno al estercolero.

 

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